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(I)

A Andrea y Juan
Alguien huye desnudo por los fríos pasillos
de un hotel sin estrellas. Hermosa, junto a él,
una desanillada serpiente cascabel
muestra la baba roja que brilla en sus colmillos.

A la 301 llama con los nudillos
secos. Del ventanuco alzado en el dintel
llegan ecos de ondas de radios de babel
y una neblina densa de dulces cigarrillos.

Vuelve a llamar. Se inquieta. Un ebrio taconeo
anuncia la sorpresa de una rubia platino
que ahora muerde los labios del huésped importuno.

Alguien bífido lame la mancha del deseo.
Alguien firma en el libro: Simbad el Asesino.
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Un invierno en Mallorca (Polonesas)

Es que no se trata tanto de viajar como de partir.
GEORGE SAND

(I)

Pero no,
tampoco cuando toco la puerta del misterio,
cuando viajero de la luz madrugo,
tampoco entonces hallo mi reposo
ni se entornan postigos de otro tiempo
tras del amor.

Entonces fuera cierta mi tristeza
si no pensara en ti.

Entonces un silencio con estrellas
traiciona mi dolor.

Cuando ya el alba
evidencia caballos fugitivos,
turbios aún,
cuando la brida sola me delata
y el orín de la espuela y su memoria,
¿a dónde galopar, a dónde, dime,
también sin tu valor?

Entonces, mírame,
mira mis 
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Epigrama

¿Qué cómo la enamoré?
–No podrán con nosotros, le dije.
Y seguí mi paseo solitario.

Romance

Ya madrugada, señores,
y el juglar vela en silencio,
mientras la luz presentida
le delata en el espejo
y versos y soledades
a un tiempo le llevan preso.
Ciego desde aquellos ojos,
siente llegar el recuerdo
maduro bajo las ramas
desgajadas de otro tiempo.
Y piensa que el corazón
es un malherido sueño,
oye los últimos pasos
de quien huye del regreso
y se extravía en las citas
nocturnas y sin encuentro,
torpe de la tempestad,
abanderado en los besos
que se perdieron un día
rojos desde su pañuelo.
Ya madrugada, señores,
y es tarde en su pensamiento.
¿Pero quién 
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Romance

Ya madrugada, señores,
y el juglar vela en silencio,
mientras la luz presentida
le delata en el espejo
y versos y soledades
a un tiempo le llevan preso.
Ciego desde aquellos ojos,
siente llegar el recuerdo
maduro bajo las ramas
desgajadas de otro tiempo.
Y piensa que el corazón
es un malherido sueño,
oye los últimos pasos
de quien huye del regreso
y se extravía en las citas
nocturnas y sin encuentro,
torpe de la tempestad,
abanderado en los besos
que se perdieron un día
rojos desde su pañuelo.
Ya madrugada, señores,
y es tarde en su pensamiento.
¿Pero quién 
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Poética

A Aurora de Albornoz

Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Vino primera frívola –yo niño con ojeras–
y nos puso en los dedos un sueño de esperanza
o alguna perversión: sus velos y su danza
le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas.

Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras
porque también manchase su ropa en la tardanza
de luz y libertad: esa tierna venganza
de llevarla por calles y lunas prisioneras.

Luego nos visitaba con extraños abrigos,
mas se fue desnudando, y yo le sonreía
con la sonrisa nueva de la complicidad.

Porque a 
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(I)

Hacia los surtidores ofrecida
vas en tropel, brillante compañera,
o con disfraz de curva y de cadera
dices la luz, también la despedida.

Y como quien no halla la salida
sin naufragarse por la torrentera,
mírame aquí, viajero sin espera,
en un salto mortal sobre mi vida.

Bebo en tus brazos –caminante– el sueño
que quizá lleve al mar y en tus orillas
el norte y el dolor para el olvido.

Contigo voy, contigo me despeño
entre las soledades amarillas
hacia los surtidores ofrecido.

De RARO DE LUNA [Madrid: Hiperión, 1990]

Entre cuatro paredes

Entre cuatro paredes
comenzaba la noche del asedio.

Ellos, los asesinos,
alentaban la larga collera de los perros.

El hambre por las sábanas
se agazapaba oscura como un cepo.

Ellos, los asesinos,
nos pusieron el pan sobre unos ojos bellos.

Fuimos muriendo todos
hasta que todo se volvió desierto.

Ellos, los asesinos,
vigilaban la caza del amor en silencio.

De PASEO DE LOS TRISTES [Huelva: Diputación Provincial, 1982]

(I)

Extraño tanto mar, raro este cielo
desgranado de luz sobre la Isleta,
ajeno a este naufragio que se crece en la orilla
en cabos,
jarcias,
mástiles,
jirones de velámenes,
armaduras y redes
que simulan encaje en la escollera,
duelas con algas,
pequeñas almadías despobladas
sobre la espalda azul del exterminio,
raro este cielo para ser de mayo,
ajeno a este dolor de siglos en la playa.
Tanto mar y de golpe,
tanta historia y vencida,
ya corazón mojado sobre el abra,
ya mensaje dormido, preterido,
en la Bahía de los Genoveses.

Y no sólo el desierto sino dónde tus ojos,
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