TROPPO MARE

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[León: Diputación Provincial, 1984]

TROPPO MARE

I

Extraño tanto mar, raro este cielo
desgranado de luz sobre la Isleta,
ajeno a este naufragio que se crece en la orilla
en cabos,
jarcias,
mástiles,
jirones de velámenes,
armaduras y redes
que simulan encaje en la escollera,
duelas con algas,
pequeñas almadías despobladas
sobre la espalda azul del exterminio,
raro este cielo para ser de mayo,
ajeno a este dolor de siglos en la playa.
Tanto mar y de golpe,
tanta historia y vencida,
ya corazón mojado sobre el abra,
ya mensaje dormido, preterido,
en la Bahía de los Genoveses.

Y no sólo el desierto sino dónde tus ojos,
sino tus manos lejos
y cuándo tu cintura presentida
por entre los hachones vigías de las pitas,
desde las atalayas del silencio,
no sólo ya las dunas sin
espejismos al cabo,
restos de la memoria del misterio.
A dónde, dime, a dónde,
si todo está dormido,
si he quedado en la arena como lengua de agua
y la sed permanece mientras llega La Nube.
Inútiles las manos que desde las palmeras
pretenden el abrazo de un horizonte roto
a donde tu recuerdo se avecina.

y IV

Es así que otras aguas se presienten
azules, más allá, volviendo El Cabo,
y en los acantilados amanecen
palomas y zureos,
sirenas nuevas,
que desde el farallón de la esperanza
pueblan el aire.

Sobre el puente los hombres aparejan.
De espaldas a la Isleta
promete el horizonte con la luz
lisas y pargos.

Pero es tarde en la orilla.
Los escollos
amurallan los últimos deseos
y es tarde en la Bahía para el que yace y sueña,
para el que se quedó del lado de la piedra.

Aquí, de tanto mar, de tanto cielo,
tanta espalda alejándose,
se han extraviado los ojos y las manos
y sólo huele a pueblo vacío con el alba,
a ruinas de arena,
a luz deshabitada.

La Nube permanece.
Las palabras
sobran ahora que el dolor levita,
orza a estribor y pasa.
Es tarde y en tu espalda florecen los pañuelos.

Es así que el amor, el viejo amor,
el pobre amor tan viejo, tan torpe, tan cansado,
mira hacia el mar, entorna los postigos
y se tiende y reposa.

EL VIAJERO

(De Miguel, camarada viajero con el frío)

II

Entre la mies recién cortada, como un náufrago,
he llegado hasta aquí, Miguel y solitario,
perseguido de todos los espejos del frío,
trovador de la escarcha, viajero en la ceniza.

Es un frío inhumano, es un dolor antiguo
éste que surge aquí, delante de mis ojos,
como una bruma larga que arropara este campo
sobre el que se perfilan los cipreses atentos.

Atrás quedó mi casa, dejé la llave puesta,
las ventanas en vuelo, por si alguna bandada
que perdiera su norte quisiera refugiarse
entre un resto de vino y algunos libros viejos.

Y entre acequias y trigos sólo sé que he de irme,
sé que tengo los ojos ateridos, inertes,
en medio de esta vega donde es verde la vida
y en oleadas verdes el maíz se me ofrece.

En hileras fantasmas las torres de la luz
metálicas, insomnes, van extendiendo el frío.
Junto al muro en ruinas las palmeras emergen.
Está el tabaco en flor, sus manos me reclaman.

No es de ahora esta luz. No son nuevos los aires
que me salen al paso pues en ellos nací
y así me reconozco entre tocones tristes
y el muñón de las cepas como un grito abortado.

No es de ahora esta luz. Es de siempre y tirita
como un niño perdido. Pero quién lo diría,
quién dejara su casa para oír cómo llega,
cómo silba en la curva, cómo quiebra la tarde.

Para seguir viviendo he dejado mi nombre
sobre papeles grises y palabras vacías.
Aquí, de pie, viajero, me abrazo a las estrellas
en el último gesto, prisionero del cielo.

Porque todos los campos sueñan un tren perdido
que amenaza en la tarde y trepida y los hiende.
Raíles donde tiendo mi soledad de siglos
que es un grito en mis ojos y es de siempre y de todos.

CORAM PÓPULO

I

Lo que pueda contaros
es todo lo que sé desde el dolor
y eso nunca se inventa.

Porque llegar aquí fue una larga sentina,
un extraño viaje,
una curva de sangre sobre el río,
mientras todo era un grito
y ya se perfilaba resuelto en latigazos
el crepúsculo.

Las historias se cuentan con los ojos del frío
y algún sabor a sal y paso a paso
–lengua y camino–
porque la sangre se nos va despacio,
sin borbotón apenas,
desmadejadamente por los labios.

Las historias se cuentan una vez y se pierden.

y IV

A través del cristal los caminos borrados,
el tren de las sonatas
que al mar de los pianos y de las partituras
nunca pudo llegar de madrugada.
Sin embargo, Chopin, Mozart, Beethoven,
sobre las teclas negras te esperaban.

No era posible entonces ni siquiera pensarlo:
que de repente se durmiera el agua,
que estuvieran presentes
con las últimas páginas del alba
los nardos a tu lado,
que a través del cristal yo te observara
desde los ojos grandes del miedo y del asombro,
roto tu cuerpo y turbia mi palabra.
No era posible, tú, la de todos los días,
de pronto entre algodones acunada.

A través del cristal,
sobre sábanas blancas,
están dispuestos los claveles.

no me puedes mirar desde esa casa
ya para siempre tuya florecida.
Un campo de cenizas te reclama
desde la plenitud de la semilla
y tus ojos no están pero en mis ojos cantan,
pero en mi carne acodan su sonrisa
de luz recién cortada.
Por no saber tu vientre de madre detenido
yo no quise mirar bajo las sábanas.

Pero sobre la mesa, a través del cristal,
los anillos vacíos me miraban.

CODA

LEER El capital

Hipócrita lector, hermano, camarada,
hoy me atrevo a contar tus años y los míos:
mira tanta ceniza
como una herencia gris entre las manos,
mira sangre o asombro tu corazón y el mío tiritando
sobre el extraño hedor de las palabras muertas.

Aventada la vida –sus pavesas–,
es urgente romper hacia otro norte
aun llevando en los pasos
la certeza diaria de la muerte.

Hoy es preciso un alto en la derrota.

¿Acaso en tu costado no latía,
no era la misma cicatriz en todos?
¿Por qué la soledad, cómo la muerte,
sino muérdago en flor de tanto expolio?

Hoy parece imposible aquella historia,
imposible y brutal tanto mar a lo lejos,
rosetta de los muros descifrados,
los raíles brillantes bajo el puente y miguel,
la ciudad adentrada en el estrago
y yo desnudo aquí y en público sangrando
como si nunca nada me hubiera sucedido.

Hoy sólo sé que existo y amanece.