SONETOS DEL DIENTE DE ORO

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[Granada: ICILE, 2006]

I

A Andrea y Juan

Alguien huye desnudo por los fríos pasillos
de un hotel sin estrellas. Hermosa, junto a él,
una desanillada serpiente cascabel
muestra la baba roja que brilla en sus colmillos.

A la 301 llama con los nudillos
secos. Del ventanuco alzado en el dintel
llegan ecos de ondas de radios de babel
y una neblina densa de dulces cigarrillos.

Vuelve a llamar. Se inquieta. Un ebrio taconeo
anuncia la sorpresa de una rubia platino
que ahora muerde los labios del huésped importuno.

Alguien bífido lame la mancha del deseo.
Alguien firma en el libro: Simbad el Asesino.
Alguien que no esperaban en la 301.

VII

A Elena C.

Sale por la ventana del bar una canción
que cuenta de prisiones, de unos labios y un día.
Y siente que en sus labios la noche se le enfría
y aprieta en el bolsillo un negro escorpión.

Ha vuelto de las islas. La luz del callejón
es la misma que, entonces, fatal, le sonreía.
(Y el mismo el que la mira pasar, el viejo espía
de la brasa en los dedos y del trago de ron,

que sale de las sombras y entra en la cabina
junto al embarcadero.) Por entre la neblina
adivina el farol que chilla en la portada

donde “El Diente de Oro” destella. En alta mar
se eleva una bengala. De pronto, al disparar,
ve los labios traidores huir en desbandada.

VIII

A Rebeca Arce

Al fin todos se fueron. Encima de la mesa
los restos de una timba de siglos invernales,
de noches sin piedad. Cuatro cartas iguales
aún brillan en las manos de la joven princesa

que ganó la partida, llegada por sorpresa,
grabadas en su vientre las bellas iniciales.
Todos menos la sombra que toca en los cristales
y salta la baranda y penetra en la espesa

humareda del cuarto menguante de esa luna.
La sombra que le muerde los pechos y aventura
una mano encendida bajo el lamé del tanga.

La sombra que reclama su parte de fortuna
y le pone delante de los ojos la oscura
soledad del espejo que guardaba en la manga.