OTROS POEMAS

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POÉTICA

A Aurora de Albornoz
Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Vino primera frívola –yo niño con ojeras–
y nos puso en los dedos un sueño de esperanza
o alguna perversión: sus velos y su danza
le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas.

Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras
porque también manchase su ropa en la tardanza
de luz y libertad: esa tierna venganza
de llevarla por calles y lunas prisioneras.

Luego nos visitaba con extraños abrigos,
mas se fue desnudando, y yo le sonreía
con la sonrisa nueva de la complicidad.

Porque a pesar de todo nos hicimos amigos
y me mantengo firme gracias a ti, poesía,
pequeño pueblo en armas contra la soledad.

AQUELLOS OJOS MÍOS DE MIL NOVECIENTOS DIEZ

Entonces y también triste,
con la soledad también,
llevé mis ojos a un agua
y en su aventura exploré
–selva de sueños de plata–
el primer sueño sin ley.
Enemigo de mis ojos,
vértigo de mi niñez,
entre las piedras del agua,
bogando, un negro ciempiés.
Con las flechas de mis versos
yo lo quise detener:
hacia mis ojos bogaba,
negro en su negro bajel.
Cuando todo era perdido
me viniste a socorrer,
cuando negro el horizonte
estabas brillante en él.
Desde la sangre caída,
tu sueño puesto de pie
me poblaba el corazón
de naufragios y de fe.
Ahora sé que en mi tristeza
flotaba el amanecer
desde aquellos ojos tuyos
de mil novecientos diez.

COPLAS DE CARMEN ROMERO

Díselo, Carmen Romero,
dile que estamos aquí,
que él parece estar allí
y es aquí donde lo espero;
dile que ningún obrero
entiende que un presidente
mande guardias a su gente
en vez de mandar trabajo,
dile que va cuesta abajo
frente a la Cuesta de Enero,
díselo, Carmen Romero.

Dile que están encendidos
los faros de un pueblo oscuro,
dile que mire al futuro,
no a los Estados Unidos;
dile que estamos perdidos
en medio del capital,
que una rosa sin rosal
naufraga en las oficinas,
dile que por las esquinas
anda el sueño prisionero,
díselo, Carmen Romero.

Dile, tú, Primera Dama,
cuando hagas su equipaje,
que a veces también viaje
por los campos de Ketama
y, dile, cuando la cama
anula la presidencia
y el amor dicta sentencia
contra todos los misiles,
que aún florecen a miles
banderas del sueño obrero,
díselo, Carmen Romero.

SOMBRAS CHINESCAS

(Tiananmen)

Desperté muerto en Pekín,
raro, como sin palabras.

Me quedé frente al silencio:
tres agujeros de bala
desde una plaza prohibida
me miraban.

Vi las nieblas y los sueños,
aquel agua en desbandada
y tres arañas de asombro
que sangraban.

Desperté muerto en Pekín.
Raro, como sin palabras.

Me quedé frente al vacío,
vi una luz amurallada.
Si la muerte es un espejo
no reconocí mi cara.

UN DÍA FELIZ

¿Qué pasa en esta calle que el ciego de la esquina
regala los cupones y el de la barbería
olvidó a Maradona y el viejo que gruñía
por el ojo de patio hoy entona en sordina

baladas de Los Panchos y de Joaquín Sabina
y vino el fontanero y hasta la policía
hace la vista gorda con Luis “El Carafría”
que arregla transistores y pasa cocaína

y paran los taxistas en los pasos de cebra
y la dulce pareja por fin encuentra piso
y es el barrio un desorden lavado por la lluvia?

¿Por qué sirve Bernardo de marca la ginebra?
Porque nadie esperaba tan pronto el paraíso.
Porque ha venido a verme Consuelo de la Rubia.

NOCHE CANALLA

Yo no sé si la quise pero andaba conmigo,
me guiaba su risa por la ciudad tan gris.
Ella tenía en su boca colinas de Ketama,
y el cielo de sus ojos me pintaba de añil.

Yo vi tantas estrellas como ella puso siempre
en aquel cielo raso como un paño de tul.
Ella llevaba el pelo como la Janis Joplin
y los labios morados como el Parfait-Amour.

La he perdido en un bosque de jeringas brillantes
por donde nos decían se llegaba al mar,
se fue sobre un caballo de hermosos ojos negros;
por más que yo me muera no la podré olvidar.

Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.

A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir.
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.

SONETOS DEL DIENTE DE ORO

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[Granada: ICILE, 2006]

I

A Andrea y Juan

Alguien huye desnudo por los fríos pasillos
de un hotel sin estrellas. Hermosa, junto a él,
una desanillada serpiente cascabel
muestra la baba roja que brilla en sus colmillos.

A la 301 llama con los nudillos
secos. Del ventanuco alzado en el dintel
llegan ecos de ondas de radios de babel
y una neblina densa de dulces cigarrillos.

Vuelve a llamar. Se inquieta. Un ebrio taconeo
anuncia la sorpresa de una rubia platino
que ahora muerde los labios del huésped importuno.

Alguien bífido lame la mancha del deseo.
Alguien firma en el libro: Simbad el Asesino.
Alguien que no esperaban en la 301.

VII

A Elena C.

Sale por la ventana del bar una canción
que cuenta de prisiones, de unos labios y un día.
Y siente que en sus labios la noche se le enfría
y aprieta en el bolsillo un negro escorpión.

Ha vuelto de las islas. La luz del callejón
es la misma que, entonces, fatal, le sonreía.
(Y el mismo el que la mira pasar, el viejo espía
de la brasa en los dedos y del trago de ron,

que sale de las sombras y entra en la cabina
junto al embarcadero.) Por entre la neblina
adivina el farol que chilla en la portada

donde “El Diente de Oro” destella. En alta mar
se eleva una bengala. De pronto, al disparar,
ve los labios traidores huir en desbandada.

VIII

A Rebeca Arce

Al fin todos se fueron. Encima de la mesa
los restos de una timba de siglos invernales,
de noches sin piedad. Cuatro cartas iguales
aún brillan en las manos de la joven princesa

que ganó la partida, llegada por sorpresa,
grabadas en su vientre las bellas iniciales.
Todos menos la sombra que toca en los cristales
y salta la baranda y penetra en la espesa

humareda del cuarto menguante de esa luna.
La sombra que le muerde los pechos y aventura
una mano encendida bajo el lamé del tanga.

La sombra que reclama su parte de fortuna
y le pone delante de los ojos la oscura
soledad del espejo que guardaba en la manga.

RARO DE LUNA

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[Madrid: Hiperión, 1990]

SOMBRA DEL AGUA

IV

Por los peldaños húmedos cautiva
miras la luz manchada de destino.
Yo de un túnel de oro peregrino,
tú en los brazos del agua fugitiva.

Atrás los surtidores, la festiva
soledad de los puentes sin camino,
el agua negra dentro del espino,
los estanques del sueño a la deriva.

Si por allí pasé, si tu escalera
avecinó sorpresas en mi herida,
también puso la sombra donde vivo.

Pero ya cicatriz de tanta espera,
miro la luz, también su despedida,
por los peldaños húmedos cautivo.

PRÍNCIPE DE LA NOCHE

Cruzó las soledades
para encontrarle
Mordió sus pechos suaves
junto al estanque

Mariposas sin día
despavoridas
en la raya felina
de su pupila

Va tocado del ala el negro conde

Encendidos sus ojos sobre mis ojos pone
una fiebre violeta de envenenadas flores

Yo le dejo añadido mi veneno a su goce:
la certeza de un tiempo de libres cuellos jóvenes

Aún me verás ahora como me viste entonces
abrazado a las sombras de pálidos amores
despeñarme a la grupa de tus potros veloces

Va tocado del ala el negro conde

Pero sobre los sueños al filo de las doce
se oye un batir de alas príncipe de la noche

Porque me llaman dos pozos
en tu cuello
y en tu corazón habitan
rastros de un príncipe negro

Porque tienes esos ojos
prisioneros

Porque en tu ventana brillan
los dedos largos del sueño
como tiemblan tus palabras
en el vaho del espejo

Porque sé que vas perdida
oculta en los bosques ciegos
sin amor

Por eso fui cazador

Siempre suenan las doce
y un aleteo
negro como unos ojos
alerta el sueño

Siempre suenan las doce
y es tu silencio
una alfombra manchada
por el deseo

Siempre suenan las doce
mientras me bebo
la sombra de tus labios
con mucho hielo

Todo estaba perdido
A la sombra del árbol perdido

Con la niebla a tus órdenes
príncipe de la noche
llegaste generoso de negras flores

No te vayas ahora que asedia el frío

En el árbol del bosque
En el árbol vacío
En el árbol del bosque vacío

LAS ISLAS NEGRAS

Cinco muros de mi casa

Uno se rompió los dientes
contra una sombra dorada

Dos se fueron a la guerra
No cabían en mis ojos
sus ojos y la tormenta

Tres se vengaron de noche
Cuatro lo hicieron al alba

Contra una sombra dorada
todos con los dientes rotos
cinco muros de mi casa

Cada peldaño muestra
sus palabras grabadas en la altura
de las sienes

Hasta el 2.º B
siempre sombras e hileras asoladas
de cipreses

Y por el puente hundido
invaden las arañas los espejos
de tu nieve

Ven a las islas
que dan al valle
las islas negras
sin abordaje

Donde mis ojos
y soledades
cuando me cercan
las iniciales

Raro de luna
como de nadie
a todas horas
interrogándome

En la aduana
de los disfraces
donde las islas
sin esa llave

Mientras destiñen
los tatuajes
ven esperada
con tu rescate

PASEO DE LOS TRISTES

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[Huelva: Diputación Provincial, 1982]

I

RENTA Y DIARIO DE AMOR

Tú me dueles, amor, pero te canto
y es el gusano que en la carne horada,
no torbellino sino abrazo lento,
sí razón o temor, sí bárbaro camino.

Ahora llegas vestida de cobrador del agua
y te sorprende el tacto reseco de mi espalda
y de golpe comprendes las dunas milenarias

y descubres tu piel como si fuera un yermo
y te quedas desnuda frente a tanto desierto
y se rompe el amor como un recibo viejo.

Quisimos amarnos
tras los muros altos
de un viejo mercado.

No fueron posibles
sino manos grises,
sino labios tristes.

En nombre del fuego
desde el día primero
vendidos y muertos.

Entre las cenizas
la mercadería:
los brazos, la vida.

Pagando el futuro,
la renta del humo:
tú, mía; yo, tuyo.

Eran tiempos muy duros. No era fácil vivir.

Por eso madrugué por los despachos,
volví mañana, les expuse el caso
y conseguí un empleo para ella:
tras mirarla a los ojos –al menos eso dijo–
le entregaron la llave más preciada,
pusieron a su cargo el alumbrado.

Yo hice lo que pude, lo que en mi mano estaba.

Y no la he vuelto a ver:
aquella misma noche me cortaron la luz.

¿Cómo me vas a querer tú a mí
con ese borbotón inevitable de odio
que llevas por las venas?

¿Cómo te voy a querer yo a ti
con ese borbotón inevitable de odio
que llevo por las venas?

Hoy le escribo otra vez.
Sus señas ya no importan.
¿Acaso no es lo mismo Calle del Beso, 10
o Calle de la Muerte, casa sola?

Quizá me confundí de calle y de aventura
pero ya me conocen sus farolas y el alba,
ya conocen mi sombra, mi canción, mi tristeza
y esta costumbre vieja de andar erguido y solo.

II

EL LARGO ADIÓS

MATERIALISMO ERES TÚ

¿Y tú me lo preguntas?
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

Si supiste decirme que no estamos en paz,
si venir a tus labios fue sentir el calor
de un hermoso equipaje para siempre en los hombros.

Si se abrió el horizonte con sus ojos brillantes,
con toda su extrañeza.

Si hay días, raros días
en que cruzas de pronto la calle y me sorprendes
con alguna denuncia inesperada.

Si hay tardes, raras tardes
que me atrevo a contarte
mi pequeña verdad de enamorado,
que me atrevo a tirar por la borda algún jirón
de esta memoria sucia de dominio,
turbia de soledad.

Si hay noches, raras noches
que cuando te descubro
por una de esas calles que llevan al mercado
parece que una estrella, de golpe, me alumbrara.

OTRO ROMANTICISMO

… las aguas del olvido.
GARCILASO

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
CÉSAR VALLEJO

Te escribo nuevamente desde una tarde helada
de esas en que nos puede el sentimiento
y la obsesión –ese pingajo de la soledad–
te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo
y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga.

Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.
Por ellos navegué durante tanto tiempo,
en ellos aprendí tantas cosas extrañas,
tanto golpe de mar,
que parece imposible olvidarte así, de pronto,
como quien tira la luz por la ventana,
como quien se despuebla de golpe de esperanza.

¿Quién puede responder sin ningún truco
a las preguntas viejas, enquistadas,
hechas parte de ti?

¿Quién cruzará de un salto las aguas del olvido sin sentir
cómo quema en la carne la sorpresa de un día,
las sábanas de un día, los cuerpos ofreciéndose,
las ojeras del gozo al amanecer?

¿No volverá el amor,
aquel juego con náufragos y cofres,
a sorprendernos con su mano abierta,
a dejar en la playa de un hombro
como alga de plata que reposa
la saliva brillante del deseo?

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Por eso he de decirte –aunque sea por escrito–
que está la casa abierta para ti,
que te esperan los libros, el té, mi soledad,
las dudas de las tardes de domingo,
la pequeña verdad
que no se tiene en pie sin tus palabras.

No es posible saber cuando todo enmudece
y la vida se ha vuelto una sórdida esquina
si nos falló el presentimiento
o será que el mercado nos fue tragando
con sus comadres y su algarabía,
que no supimos vernos ni hablarnos
entre anuncios de sopas luminosas,
promesas y altavoces
pregonando los últimos saldos
de la felicidad.

Será que llevaremos inevitablemente
un lenguaje podrido que amarga el paladar
y te pone a escupir en mitad de la urgencia
cuando toda la historia apenas si consiste
en decirnos que sí, que nos amamos.

Y los golpes, tan fuertes, las aguas del olvido, tan hondas…
… Yo no sé!

Hay cosas en la vida
que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama.

Y cartas que se escriben
cuando la prisa clava su aguijón
y te deja colgando del alero
y te da por pensar
que es posible que no nos conociéramos
aunque fuimos viviendo el mismo frío,
la misma explotación,
el mismo compromiso de seguir adelante
a pesar del dolor.

TROPPO MARE

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[León: Diputación Provincial, 1984]

TROPPO MARE

I

Extraño tanto mar, raro este cielo
desgranado de luz sobre la Isleta,
ajeno a este naufragio que se crece en la orilla
en cabos,
jarcias,
mástiles,
jirones de velámenes,
armaduras y redes
que simulan encaje en la escollera,
duelas con algas,
pequeñas almadías despobladas
sobre la espalda azul del exterminio,
raro este cielo para ser de mayo,
ajeno a este dolor de siglos en la playa.
Tanto mar y de golpe,
tanta historia y vencida,
ya corazón mojado sobre el abra,
ya mensaje dormido, preterido,
en la Bahía de los Genoveses.

Y no sólo el desierto sino dónde tus ojos,
sino tus manos lejos
y cuándo tu cintura presentida
por entre los hachones vigías de las pitas,
desde las atalayas del silencio,
no sólo ya las dunas sin
espejismos al cabo,
restos de la memoria del misterio.
A dónde, dime, a dónde,
si todo está dormido,
si he quedado en la arena como lengua de agua
y la sed permanece mientras llega La Nube.
Inútiles las manos que desde las palmeras
pretenden el abrazo de un horizonte roto
a donde tu recuerdo se avecina.

y IV

Es así que otras aguas se presienten
azules, más allá, volviendo El Cabo,
y en los acantilados amanecen
palomas y zureos,
sirenas nuevas,
que desde el farallón de la esperanza
pueblan el aire.

Sobre el puente los hombres aparejan.
De espaldas a la Isleta
promete el horizonte con la luz
lisas y pargos.

Pero es tarde en la orilla.
Los escollos
amurallan los últimos deseos
y es tarde en la Bahía para el que yace y sueña,
para el que se quedó del lado de la piedra.

Aquí, de tanto mar, de tanto cielo,
tanta espalda alejándose,
se han extraviado los ojos y las manos
y sólo huele a pueblo vacío con el alba,
a ruinas de arena,
a luz deshabitada.

La Nube permanece.
Las palabras
sobran ahora que el dolor levita,
orza a estribor y pasa.
Es tarde y en tu espalda florecen los pañuelos.

Es así que el amor, el viejo amor,
el pobre amor tan viejo, tan torpe, tan cansado,
mira hacia el mar, entorna los postigos
y se tiende y reposa.

EL VIAJERO

(De Miguel, camarada viajero con el frío)

II

Entre la mies recién cortada, como un náufrago,
he llegado hasta aquí, Miguel y solitario,
perseguido de todos los espejos del frío,
trovador de la escarcha, viajero en la ceniza.

Es un frío inhumano, es un dolor antiguo
éste que surge aquí, delante de mis ojos,
como una bruma larga que arropara este campo
sobre el que se perfilan los cipreses atentos.

Atrás quedó mi casa, dejé la llave puesta,
las ventanas en vuelo, por si alguna bandada
que perdiera su norte quisiera refugiarse
entre un resto de vino y algunos libros viejos.

Y entre acequias y trigos sólo sé que he de irme,
sé que tengo los ojos ateridos, inertes,
en medio de esta vega donde es verde la vida
y en oleadas verdes el maíz se me ofrece.

En hileras fantasmas las torres de la luz
metálicas, insomnes, van extendiendo el frío.
Junto al muro en ruinas las palmeras emergen.
Está el tabaco en flor, sus manos me reclaman.

No es de ahora esta luz. No son nuevos los aires
que me salen al paso pues en ellos nací
y así me reconozco entre tocones tristes
y el muñón de las cepas como un grito abortado.

No es de ahora esta luz. Es de siempre y tirita
como un niño perdido. Pero quién lo diría,
quién dejara su casa para oír cómo llega,
cómo silba en la curva, cómo quiebra la tarde.

Para seguir viviendo he dejado mi nombre
sobre papeles grises y palabras vacías.
Aquí, de pie, viajero, me abrazo a las estrellas
en el último gesto, prisionero del cielo.

Porque todos los campos sueñan un tren perdido
que amenaza en la tarde y trepida y los hiende.
Raíles donde tiendo mi soledad de siglos
que es un grito en mis ojos y es de siempre y de todos.

CORAM PÓPULO

I

Lo que pueda contaros
es todo lo que sé desde el dolor
y eso nunca se inventa.

Porque llegar aquí fue una larga sentina,
un extraño viaje,
una curva de sangre sobre el río,
mientras todo era un grito
y ya se perfilaba resuelto en latigazos
el crepúsculo.

Las historias se cuentan con los ojos del frío
y algún sabor a sal y paso a paso
–lengua y camino–
porque la sangre se nos va despacio,
sin borbotón apenas,
desmadejadamente por los labios.

Las historias se cuentan una vez y se pierden.

y IV

A través del cristal los caminos borrados,
el tren de las sonatas
que al mar de los pianos y de las partituras
nunca pudo llegar de madrugada.
Sin embargo, Chopin, Mozart, Beethoven,
sobre las teclas negras te esperaban.

No era posible entonces ni siquiera pensarlo:
que de repente se durmiera el agua,
que estuvieran presentes
con las últimas páginas del alba
los nardos a tu lado,
que a través del cristal yo te observara
desde los ojos grandes del miedo y del asombro,
roto tu cuerpo y turbia mi palabra.
No era posible, tú, la de todos los días,
de pronto entre algodones acunada.

A través del cristal,
sobre sábanas blancas,
están dispuestos los claveles.

no me puedes mirar desde esa casa
ya para siempre tuya florecida.
Un campo de cenizas te reclama
desde la plenitud de la semilla
y tus ojos no están pero en mis ojos cantan,
pero en mi carne acodan su sonrisa
de luz recién cortada.
Por no saber tu vientre de madre detenido
yo no quise mirar bajo las sábanas.

Pero sobre la mesa, a través del cristal,
los anillos vacíos me miraban.

CODA

LEER El capital

Hipócrita lector, hermano, camarada,
hoy me atrevo a contar tus años y los míos:
mira tanta ceniza
como una herencia gris entre las manos,
mira sangre o asombro tu corazón y el mío tiritando
sobre el extraño hedor de las palabras muertas.

Aventada la vida –sus pavesas–,
es urgente romper hacia otro norte
aun llevando en los pasos
la certeza diaria de la muerte.

Hoy es preciso un alto en la derrota.

¿Acaso en tu costado no latía,
no era la misma cicatriz en todos?
¿Por qué la soledad, cómo la muerte,
sino muérdago en flor de tanto expolio?

Hoy parece imposible aquella historia,
imposible y brutal tanto mar a lo lejos,
rosetta de los muros descifrados,
los raíles brillantes bajo el puente y miguel,
la ciudad adentrada en el estrago
y yo desnudo aquí y en público sangrando
como si nunca nada me hubiera sucedido.

Hoy sólo sé que existo y amanece.

ARGENTINA 78

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[Granada: La Tertulia, 1983]

[I]

Pareciérate extraño
que desde aquí te culpe,
que desde aquí me ocupe de tu nombre.

Cuando llegue a tu altura de pedestal mi canto
acaso te preguntes
por qué ese empeño en denunciarlo todo,
por qué vienen del Sur, hiriendo, las palabras.

Yo te digo, Videla,
que viven los poetas con los ojos abiertos
y miran y conocen y sienten conociendo
y entonces dos caminos:
Apoyar a la muerte o defender la vida.

Por eso va mi canto hacia ti como un grito,
como un puño gigante.

¿Quién eres tú sino la vida rota,
sino toda la muerte vestida de payaso?

[VI]

La cena ya dispuesta,
el dictador cavila sonriendo.

Acaricia la mano poderosa,
se la lleva a los labios y la besa.
Luego toma el papel,
siente la pluma palpitar
y firma
con amor la condena.

Hoy es un día hermoso:
Ha ordenado
que florezcan las cárceles
y el torturado cante,
que la miseria altere su grito de ceniza
por un reclamo azul,
que adorne sus harapos
y el hambre su barriga,
que esté todo dispuesto
para Píndaro el yanqui, caballeros.

Mira el mantel y aflora
la saliva a la lengua,
el intestino exulta:
Empanadas de miedo sobre la mesa humean.

[X]

Será que no tenías donde dejar la baba
y el orín de la espuela,
el salivajo del amanecer,
el paso de la bestia sino en tu propio pueblo.

Será que madrugabas
derramando la olla por el suelo,
arrasándolo todo.

Será que preparabas
para la Casa Blanca la pirueta rota,
el salto de la muerte.

Dictador de la sangre,
autómata temprano,
elefante varado:
Sobre la historia pongo mi palabra
y en tu pañuelo escupo,
desde el Sur te condeno a las letrinas,
de vómitos podridos te corono,
lanzo un siglo de pus sobre tu cara.

Que en tus ojos fermente la basura del mundo.

A BOCA DE PARIR

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[Granada: Secretariado de Extensión Universitaria de la Universidad de Granada, 1976]

I

LAS NUBES VENCIDAS

AQUELLOS PECES

Aquellos peces míos de otro tiempo
con la boca de azúcar,
el ojo de papel
y un inocente brillo en las palabras
como si la batalla no les fuera al centro de las branquias
o se durmiera el grito en las escamas,
ajenos a los surcos de la tierra,
distantes de las manos de los hombres.

Aquellos peces míos de otro tiempo.

Desarbolando el cielo me tropecé la herida.
Se me sube el timón a la garganta.
Hay sangre por las velas.

En este mar que nace no quiero que navegues:
naufragarás sin nombre,
lejana nave mía,
distante barco azul.

II

MEMORIA DE UNA HUELLA

19 DE MAYO

Existe una razón para volver.
6 de la madrugada de la calle Lucena
donde los basureros y el sereno
tenían su eterna cita
con el café con leche y el aguardiente seco,
adonde los borrachos concluían
la noche soñolienta del vino repetido.

19 de mayo. Pensión Fátima
en donde la pregunta del abrazo desnudo
supo al fin el porqué de tanta lucha,
la clave del sudor sobre las sábanas,
y la virginidad redonda, amanecida,
reconoció la llave de su casa madura,
con una verde mano le puso rumbo exacto
y la llevó a su centro
y siempre siempre siempre
nació allí la tormenta del esperado amor
como un racimo.

¿Quién hubiera pensado
que la 3ª planta,
la habitación oscura,
el urinario sucio,
las hojas del diario clavado en la pared
y la maceta artificial,
el plástico
de las flores chillonas,
iban a ser testigos
de aquel incandescente poderío,
de tanta luz sin freno,
de aquella tempestad acribillada?

Después de tantos pájaros
persiste en los teléfonos del aire,
en alta mar aún vive
y es el regreso un tramo de la vida.

Existe una razón
para volver a la ciudad del gozo,
a la pequeña aldea de la pensión barata
y las comadres
raídas en la esquina.
Existe una razón
para aquella manzana de casas apagadas,
para una turbia calle
que fue la geografía de mi primer amor,
el mapa donde tuvo mi gran pasión su cuna.

III

EL ASCUA EN EL TIMÓN

LA CASA

Diciembre en el jardín. Ésta es mi casa.
Yo vivo en un lugar por encima del humo,
entre una tumba antigua y una palabra nueva
ya convertida en grito.
Queda un trazo de mar por estos patios,
y una gran epidemia de palomas
desalojó el corral y desnudó el alero.
En las ventanas águilas en vuelo
y unas rejas sin voz: Pasado el sueño.
Una caja de música de amarilla presencia,
un barco de papel desvencijado y solo
y una herida en la luz: Como recuerdo.
Entre nube y metal me llega el día,
entre piedra y coral como un presagio.
Desde el fondo al pretil, llenando huecos,
el filo de la noche me abandona
y me sorprende el sol.
Y una gran siembra sueño en los rincones
de luces para ti.
Libres me anuncia el corazón sus alas.
Diciembre en el jardín. Ésta es mi casa.
Ésta es mi casa para ti, mi amor.